
Para mí los olores tienen cargas emocionales muy fuertes. Al igual que la música, un olor es capáz de hacerte viajar por el tiempo, revivir situaciones y llevarte a esos lugares y rincones que están en el fondo de tu memoria.
Y el maravilloso olor que había impregnado en la pieza donde está la televisión, víctima de cientos de películas, un sinnúmero de libros y largas jornadas de siesta, fue forjado gracias a que desde la construcción de ese lugar, toda actividad era acompañada por una buena pipa.
Hasta el día de hoy sigo conectado con el olor a tabaco de pipa, y me trasporta a esos años de la casa antigua, cuando con el richi sacabamos pedazos de nori a escondidas de un tarro japonés, esa interminable mesa de sukiyaki celebrando el cumpleaños del tata y de mi papá o el ruido que hacían tus pasos al pasar sobre el piso de madera.
Veo esta foto del tata gozando el momento de su pipa, en un descanso de la construcción de la casa y el olor aparece.
Una vez más, gracias a la tía Hana por la foto.
Cristóbal